más que numerosa

Tiempo en pareja con cinco hijos pequeños

Imaginad dos personas que han llevado un camino en la vida completamente distinto, bueno, digamos en paralelo. Cada uno estudió una carrera que nada tuvo que ver con la del otro; tuvo unas amistades con poco en común; tuvieron  unos padres que les enseñaron y educaron de una manera diferente y cuyos métodos de crianza no se parecían en nada. Así, durante treinta años. Aquí comienza nuestra historia. El azar, la casualidad… ¡lo que sea! hace que nos conozcamos y que nos gustemos, y que averigüemos que tenemos gustos comunes y que creamos en las mismas cosas, en el mismo modelo de familia… Nos enamoramos ¡y de qué forma! Con pasión, pero con respeto, con ternura, pero con sentido del humor (que nunca nos falta a ninguno). En fin…
Cuando llegan los pequeños tan rápidamente a nuestras vidas, casi no nos da tiempo a pararnos y a mirarnos de nuevo (son muy pequeños aún y requieren mucho). Además, decidimos tenerlos todos bien juntitos para que se crien como hermanos y como amigos, y también para poder tener una mediana edad un poco más libre de pañales y biberones, aunque la etapa a la que llegan luego tendrá otros quehaceres.
En fin, esta es nuestra pequeña historia resumida. Pero, como bien os he adelantado, apenas tenemos tiempo de pararnos el uno en el otro, de hablar de verdad, de compartir sentimientos y emociones. Recuerdo que cuando nacieron los mellizos, me dije: «si salimos de esta como pareja, podremos con todo». Pero quizá, más duro que aquella época en la que teníamos dos bebés demandándonos a cada hora -más otros dos niños pequeños- ,esa etapa ha sido superada por lo que nos ha venido este año; el confinamiento. No os quiero mentir, ha sido durísimo, sobre todo al principio. Jesús estaba acostubrado a trabajar fuera de casa sin interrupciones y con la concentración puesta en impartir cada clase de contabilidad de forma inquebrantable. Se tuvo que adaptar a los ruidos de los peques mientras daba clases «online». En cuanto a mí, tuve muy abandonadas mis redes sociales; mi gimnasio, tan importante para mí, para rehabilitarme las rodillas (que cargaron con tantos embarazos) y para sentirme más fuerte desde fuera hacia dentro. En fin… podía pararme diez minutos para ver qué zapatos le compraba a mis niños en el cambio de temporada. Cuando Gonzalo tenía clases de música, a veces, me tomaba un café durante esa hora con Leo, mientras él merendaba y jugaba en la plaza del pueblo. Era una hora mágica para él y para mí, pocas veces pueden disfrutar de mamá en exclusiva.
La vida nos cambió, en realidad, el mundo entero cambió -pero de eso ya hablaré más adelante- Teníamos el tiempo tan medido y enfocado en el bienestar global de la familia -yo con los cachorros y Jesús ganando el pan para ellos- que apenas podíamos discutir aunque hubiera cosas que nos molestaran, ni había tiempo y estábamos demasiado cansados No había tiempo de esas pequeñeces nuestras. Y era verdad.
En nuestro foro interno, sabíamos que seguíamos amándonos tanto o más que aquel feliz día en que nos dimos el «Sí, quiero» en nuestra casa, bajo la morera que tanto nos acompaña. El problema es que, cuando llegó la ayuda externa, ya nos habíamos acostumbrado a seguir trabajando sin descanso, y nos dimos cuenta de que era necesario parar. Parar para poder seguir.
Desde siempre tenemos pactadas dos salidas mínimas al año. Cada una de ellas de un mínimo de veinticuatro horas. La primera es en febrero, en torno a nuestro cumpleaños y a San Valentín (¡qué más da el motivo!); la segunda, en agosto, el aniversario más importante, el que celebramos siempre, antes que el de nuestra boda, el día en que nos conocimos.
Este año la salida no podía esperar a agosto, teníamos que tener un tiempo para estar solos, pero solos de verdad, basta con un día con su mañana, tarde y noche.
Dejamos a los peques en buenas manos, conocidas para ellos, por supuesto, que saben de sus costumbres, manías y necesidades. Dos llamadas para reservar un almuerzo y, luego, una cena. Otra llamada más para reservar un hotel aquella noche y no tener que andarnos con ojo si nos apetecía una copa de vino, así, no tenemos que conducir y, además, despertarse uno mismo con el amor de tu vida al lado y no con un peque dando brincos en la cama, se agradece dos veces o tres al año, pero tampoco más, que si no empiezo a echar  de menos esos brincos y esas vocecillas que son banda sonora de mi hogar.
Os prometo que debería ser obligado para cada pareja este tipo de salidas cuando tienen niños. Jesús y yo somos las raices y el tronco de esta gran familia nuestra, si el tronco está torcido o se empieza a torcer, le será muy difícil sujetar las ramas (y nosotras tenemos muchas). Hay que cuidar de uno mismo, de la pareja, hay que cuidarse para poder cuidar. Eso lo tenemos claro ambos. Además, es un buen modelo para los peques, no creo  que debamos mostrar a nuestros hijos un matrimonio sacrificado, porque estamos juntos y les hemos tenido por amor y conocimiento. Luego, ellos, sin quererlo, pueden repetir ese patrón en su vida adulta. Recordad que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Nosotros no estamos sacrificados, nosotros hemos elegido nuestro camino, hemos elegido el modelo de familia que queríamos, y elegimos descansar, de vez en cuando, y pasar tiempo a solas para volver a encontrarnos como pareja, que, a veces, nos perdemos entre pañales y biberones. Este fin de semana ha sido así.
No sabemos si nos confinaran de nuevo, pero de lo que estoy segura es de que hemos reforzado la pareja, nuestro matrimonio, nuestro amor, que como las plantas, necesita un poquito de agua de vez en cuando. Vivimos en una sociedad y en una época modernas, en las que ya no vale el amor incondicional, no vale aguantar pese a llevarse mal o cosas peores…¡Faltaría más! Estamos juntos porque queremos, y no porque nos sintamos obligados a ello. Creo que es lo más sano para nosotros y, en consecuencia, para el modelo de relación no tóxica que queremos que nuestros hijos tengan como ejemplo.