más que numerosa

Cómo es tener gemelos, pero de verdad... Primera Parte

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Aunque el titular de este artículo pueda resultar algo tenebroso, yo abogo por la tranquilidad y por la naturalidad. Claro que hay que armarse de paciencia para lo que está por venir, pero os daré un gran suspiro; y es que eso que dice la gente de «el doble de trabajo» es incierto, porque si ya estabas preparado para un bebé, con sus pañales, sus despertares nocturnos, y todo lo que viene en el baby paquete, pues un bebé más, supone un pequeño esfuerzo más, pero ni mucho menos el doble.
Empezamos bien, y ya que empezamos bien vamos a empezar por donde se empieza… yo diría que los últimos meses o semanas de embarazo. No se la tendencia que tendrá cada una a los cambios de su cuerpo frente a las hormonas, pero puede que te hinches de líquidos cual globo de agua (aquí yo diría que sí es el doble que con un embarazo normal). Recuerdo que, cuando me tumbaba en el sofá y podía con esfuerzo verme los pies, de repente comprendí que me había quedado sin tobillos, mis dos balones en los que mis pies se habían convertido, subían hasta mis caderas sin diferenciar ninguna parte huesuda ni delgada; mis extremidades inferiores estaban irreconocibles. No salgáis corriendo todavía, tranquilidad, a los pocos días del parto ya había recuperado mi figura casi al cien por cien, al igual que en cualquiera de mis embarazos únicos anteriores.
En cuanto a esta última etapa, también recuerdo una sensación nueva para mí, pese a no ser primeriza, y es que un gigante se había subido encima de mi torso aplastando mis pulmones e impidiendo que respirara con normalidad, por lo que llegaba ahogada a cada sitio, pero bueno, tampoco es que fuera muy lejos en aquellos días, porque hacía cierto reposo para que mis gorriones no abandonarán en nido antes de tiempo y los metieran en una incubadora ¡Un momento! que esto tampoco es que suceda siempre. De hecho, los míos nacieron en la semana 37+1 diíta y pasaron su test con un perfecto 10, por lo que los tenía en mi habitación desde el minuto cero junto a mí. Aunque yo… no era yo, pero a eso llegaré más adelante.
Yo siempre sugiero a las embarazadas, ya sean múltiples o no, que no se arrimen a los «asustaviejas», como yo llamo a ese pequeño pero molesto círculo de personas, cercanas o no (que tiene su gracia que además sean desconocidos), que van por ahí asustando a los más vulnerables, y no es que tengamos que ser más débiles las embarazadas, ni mucho menos. Pero sí es cierto que estamos bajo el embrujo de unas hormonas que nos llevan de la alegría al llanto en segundos, y que parece que, a veces, vamos arrastrando nuestro cuerpo de un lado a otro como el que lleva un carrillo de mano y que, además, estamos un poco asustadas ante lo desconocido. La verdad es que yo estaba en júbilo en todos mis partos y me encantaba el gran acontecimiento que estaba por venir, pero bueno, lo mío tampoco es tan común… Supongo que es más común sentirse algo temerosa. En realidad, si lo pensáis bien, fríamente, eso del miedo es algo de lo que podemos deshacernos trabajándolo un poco, informándonos, no escuchando a los «asustaviejas», sabiendo e intuyendo que es algo que las mujeres llevamos haciendo desde el comienzo de los tiempos y que nuestro cuerpo nos va informando de todo si lo escuchamos atentamente. En fin, que lo que yo aconsejo es ir bastante tranquilas al parto, porque además, este estado de «subidón feliz» y relax ayuda a que el parto se desencadene mejor y con normalidad.
No se qué os cuenta vuestro ginecólogo o ginecóloga, pero la realidad, después de haber hecho muy bien mis deberes de documentación, es que si el primero viene de cabeza, podéis tener un parto natural. A mi ginecólogo no le gustaba la idea, porque el segundo venía atravesado, perdón, en transversa, que dirían ellos… Pero como yo también acudía a la seguridad social me decían que podía tener un parto vaginal sin dificultad, argumento apoyado por mi amada matrona. Yo me sentía fuerte y capaz, el problema es que mi profesional, según sus palabras «no me quiero arriesgar a un parto mixto», y con una cesárea decía que se ahorraban esos imprevistos. Mmmm… vamos a pensar. Una cesárea es una operación mayor, te rajan capa a capa hasta llegar al bebé, que, por supuesto, no está preparado para esta invasión, está preparado para pasar por el canal natural del parto y, de paso, inmunizarse por el camino gracias a la magia de la madre naturaleza. Ya puestos, tampoco está preparado a que lo separen de su mamá, porque lo harán; porque una cesárea te deja echa polvo física y moralmente, por lo general… -vaya, ahora me he sentido yo una «asustaviejas»- pero no es eso, es que no quiero que os sintáis manipuladas por los miedos y las comodidades de los médicos, quiero que os sintáis seguras de vosotras y, que si al final la cosa acaba en cesárea, tengáis muy claro que no fue por vuestra culpa. Ay… la culpa… Si sois primerizas tenéis que darle la bienvenida a este sentimiento que ahora no se os va a despegar de la cabecita. Es algo que va con la maternidad. Si se cae al suelo cuando empieza a caminar, la culpa es vuestra, porque no le habéis puesto una ropa más cómoda, un zapato más flexible, no habéis pavimentado bien el suelo, no le habéis acompañado a tres centímetros para evitar la caída… Yo, con cinco, ya lo tengo superado. Me esfuerzo al máximo, así que… todo lo que tenga que ocurrir, no debe ser por descuido mío. Pero os adelanto que el camino hasta llegar aquí está muy trabajado.
Seguramente, acudiréis al hospital más de una vez por falsa alarma de parto, se llaman pródromos, y es una faena, porque son muy dolorosos y muy parecidos a las contracciones que acontecen al parto, lo que los distingue es que no se vuelven constantes y acaban marchándose, me temo que las contracciones no. Las contracciones deben volverse más rítmicas (qué bonita palabra), más cercanas la una de la otra y, lo siento, algo más dolorosas. Pero os doy una buena noticia, si alguna ha tenido fuertes dolores menstruales (como fue mi caso durante la adolescencia) ya puede hacerse una idea de lo que viene en cuanto a dolor. Una vez ya estás instalada en la sala de dilataciones y se ha constatado que lo que viene es el parto, ahora sí, me quedo sin palabras, porque cada parto es un mundo. No os voy a contar el mío, por ahora, sólo os diré que un parto gemelar es un pelín más largo (sólo un pelín, por regla general) y que con el segundo bebé apenas notas el expulsivo tan doloroso porque el primero ya le ha abierto camino. Esto es lo  habitual que os puede ocurrir. En cuento a lo que acontece cuando ya están aquí esos dos milagritos que no puedes dejar de mirar… lo dejo para la segunda parte.