más que numerosa

Lo que nadie te cuenta

Echemos unos años la vista atrás. Recordemos esa época en la que no teníamos hijos pero en la que estábamos tan seguros de los que significaba tenerlos. Yo no se a vosotros, pero a mí me entran unas ganas terribles de coger el DeLorean de Regreso al Futuro y volver para tortearme la cara  (y eso que estoy totalmente en contra de la violencia). Sin embargo, no hay más. No se si la culpa la tendrán las comedias americanas, el instinto tan fuerte que tenemos de querer pintarlo todo de rosa para hacerlo realidad, esas madres que pasean con su bebé perfectamente vestido y calladito en el impoluto carro de muñecas tamaño real… En fin, sea por lo que fuera, menuda tanda de sandeces que teníamos algunos metidos en la cabecita. Lo que más me sorprende de todo esto de la maternidad y el cambio real que se produce, es que no tengamos que someternos a ningún tipo de criba para poder tener un hijo. Me explico. Para ser bombero hay que pasar unas pruebas tremendas; para ser profesor años de estudio y tribunales inquisidores; para ejercer como cirujano ni que nombrarlo tengo, pero… ¡Cualquiera puede ser madre o padre! ¡Horror! Cualquiera (y digo si físicamente es posible) puede ser responsable de la vida de una persona totalmente indefensa e inocente. Me parece un completo disparate ahora que estoy metida de lleno en la maternidad. Cuando me pusieron encima a mi bebé… no sabía que lloraría, no sabía de su fragilidad, no sabía que tendría que ayudarle a mamar, y que amamantar podría ser complejo y doloroso, no sabía que me iba a reclamar día y noche cada pocos minutos, no sabía que ir al baño a hacer mis necesidades se iba a convertir en todo un reto, no sabía que dormir iba a ser un privilegio que perdí para por lo menos los siguientes cuatro años, no sabía que aquella maravillosa cuna que compré en la tienda ilusionada como una niña eligiendo su regalo de cumpleaños, iba a servir de guardarropas porque si no dormía con mi bebé ninguno de los dos íbamos a estar tranquilos. Tampoco sabía que ir a beber agua fresca de la nevera en plena noche se iba a convertir en una operación de evasión ninja y que tendría que concluirla en menos de dos minutos si quería que la casa siguiera en silencio… ¡Ay, si yo tuviera ese DeLorean de McFly!

Ahora viene lo bueno… y es que todo, todo, todo lo que le hubiera dicho a mi yo del pasado, hubiera concluido con un final impredecible e incongruente con esta historia. Me hubiera dicho: «Señorita, a pesar de los pesares de todo lo dicho, vas a vivir la experiencia más conmovedora y asombrosa de toda tu vida. Vas a mirar a tu bebé durmiendo y se te va a dibujar una sonrisa de panoli en la cara inevitable, también vas a escucharle llorar el primer minuto y saldrás chorreando de la ducha y mojando todo el suelo de la casa a riesgo de patinar y pegarte un buena tunda con alguna esquina sólo para que no sufra el más mínimo segundo. Vas a darle el pecho y sentir que se alimenta de ti con orgullo y vas a querer congelar ese momento en que tu cuerpo y el suyo son uno. Vas a sentir recorrer por cada poro de piel la oxitocina generando un estado de enamoramiento continuo, duro como el acero y permanente. Y cuando se quede dormido en tu regazo, vas a olerle como jamás oliste nada, vas a acariciarle como si fuera el cristal más fino para no perturbar su paz. Vas a hacerlo todo sin que nadie te haya dicho cómo tenías que hacerlo, porque, de hecho, nadie te lo dijo… Concluiría mi sermón dominguero diciéndome: «Bienvenida a la más grande experiencia de amor, dolor, altruismo y emociones que jamás vivirás»