más que numerosa

Miniadultos

Padres que quieren que sus niños se comporten como adultos

Nadie dice que enseñar a tu hijo lo que está bien o mal sea inadecuado. Ni que le cortes comportamientos inconvenientes o un lenguaje grosero. Que en momentos determinados haya que cambiar el tono de voz para que se percate de la seriedad de lo que queremos que entienda. Eso es educación, eso es poner límites, eso es no crear adultos déspotas e incapaces de ser felices con lo que tienen. Claro que hay que hacerlo. Y, por supuesto, que no todo vale.

El problema surge cuando los padres se crean falsas expectativas sobre el resultado inmediato de su educación. Y es que el mayor problema es que esa inmediatez no surge con niños pequeños, como es lógico. Los niños escuchan las palabras de los padres, pero les cuesta asimilarlas como a un adulto, es decir, integrarlas en su cabecita. Y no es por testarudez, ni porque quieran hacernos la vida imposible o más difícil, es simplemente que su cerebro funciona de otra forma. El aprendizaje de un niño se lleva a cabo paulatinamente, y calan mucho más en ellos nuestro comportamiento que nuestra palabra.

Recordad cono aprendían cuando eran bebés. Todo era imitación. Comer, intentar vestirse, hablar por teléfono como mamá, cocinar como papá, etc. Pues de niños la cosa sigue funcionando casi de la misma forma aunque su lenguaje sea casi perfecto y completo, que es lo que puede confundirnos a veces al querer asimilarlo a su forma de ser. Aprenden a hablar muy rápido como un adulto, pero no aprenden a comportarse como tal con la misma rapidez. ¿Por qué? Pongamos un poco de sentido común al asunto… ¿cuántos años hemos tardado nosotros, los papás y las mamás, en ser quienes somos y en saber estar en sociedad? Algunos ni siquiera lo han logrado ¿Cómo es posible que queramos ponerle esa meta a los niños? ¿Qué aprendan con palabras en unas horas lo que a nosotros nos ha llevado una vida? No es ni justo ni coherente. Así que apelo a la empatía y a la paciencia sobre este asunto.

Vemos a diario como papás y mamás pierden esa paciencia a diario, en la calle, en casa, con su hijo o su hija porque no para de saltar en la cama cuando le hemos dicho que se siente a cenar. Y aquí es cuando viene la incompresión… “¿Pero no me has oído?” “Sí, papá, pero para mí intentar tocar el techo con mis saltos es un millón de veces más importante que cenar porque además ni si quiera tengo apetito” Eso nos diría nuestro hijo si pudiera. Y es lo que debemos entender. Que en su mundo de niño. Eso que está haciendo, para él es mayúsculamente importante, tan importante como para los padres que no se le enfríe la cena y lleve un horario. Así que podríamos plantearnos llegar a un consenso, hacerle entender que debe hacer caso a papá y a mamá en ese momento sin menospreciar la importancia de su juego y sin perder los nervios con gritos que el niño no alcanzará a entender. Su traducción sería “¿Ya me están gritando otra vez?” “¿Qué he hecho ahora?” “¿Tampoco puedo hacer esto?” “¿Por qué les molesta tanto a mis papás que me divierta?”. Quizá, si nos acercamos a él y le explicamos a su altura, captando su atención, que papá y mamá llevan un rato cocinando para él, que no quieren que se coma la cena fría y que debe empezar ya para acostarse temprano, porque mañana hay colegio y debe descansar. Quizá empatice con nuestra postura adulta y no sienta que su juego no es importante, si no que no es hora de jugar en ese momento. Y el niño aprenderá. Quizá no tengamos el efecto inmediato de que se siente en la mesa en un minuto sin explicación alguna, pero es que ser padres no es fácil, y lo fácil no resulta ser el mejor camino siempre. 

En el camino de la paciencia, entenderemos que cuando sea adulto se hará respetar y no acatará órdenes cual antiguo esclavo. Sabrá que es una persona con valor al que deben tratarle con respeto. Y el niño llegará a respetar y será ese adulto feliz que ha crecido con unos progenitores capaces de entender que el ejemplo de serenidad, paciencia y amor, es el mejor legado que le han dejado, porque ya será una persona completa, capaz de valerse y hacerse valer tal y como sus padres lo hicieron con él. Seamos adultos y dejemos que el niño… sea niño.