más que numerosa

Violencia consentida

Hace unas cinco o seis décadas, se podía ver en la calle a un marido pegarle un guantazo o gritarle a su mujer sin que nadie hiciera nada. Muy al contrario, se miraba hacia otro lado porque se consideraban asuntos personales o familiares en los que nadie debía meterse. Si hoy día, con la información de que disponemos y con las campañas que hay contra la violencia de género, somos testigos directos de una escena así, enseguida podríamos recriminarla, llamar a la policía para que interviniera… en definitiva, ayudar a la mujer que está siendo víctima en ese momento. Hasta ahí todos de acuerdo. Sin embargo, vamos a poner la misma situación cambiando de personajes, en lugar de una mujer es un niño de cuatro años, también nos encontramos dentro del mismo contexto familiar, pero en vez de ser un marido es un padre, enfurecido de la misma forma, violento, que, además de gritarle al hijo, le da un bofetón ¿Qué ocurre aquí? La violencia es la misma, me atrevería a decir que mayor, pues un niño de cuatro años es más vulnerable física y emocionalmente que una mujer adulta. Si observamos la situación tomando distancia, nos remontamos hace medio siglo, viendo como los testigos de la escena se marchan mirando hacia otro lado, y por el mismo motivo que citaba anteriormente; son asuntos personales o familiares en los que nadie debe meterse ¡No! Y digo NO con mayúsculas, porque basta ya de esa violencia consentida.

Hace unos seis meses me encontré en esta misma situación, en un centro médico, en la sala de espera, la madre se ensañaba con su hijo de unos 3 años, y como el pequeño seguía llorando con el chupete en la boca ante los gritos y azotes en el culo de su madre, más le gritaba ésta para que dejara de llorar, dándole manotazos en la boca con un chupete sin consuelo manchado de lágrimas de desesperación. Su madre; la persona en la que más debía confiar y ser su apoyo emocional, abusaba de su vulnerabilidad y le enseñaba cualquiera que fuera la lección a base de miedo y autoridad. Cuando le recriminé a la madre el comportamiento hacía su hijo, no atendía a razones, le sorprendió tanto que alguien pudiera intermediar, que se exaltó conmigo y me preguntó en tono amenazante si yo me creía mejor madre que ella y que quién era yo para meterme. En la sala había alrededor de unas veinte personas. Nadie en absoluto apoyó mi intervención. Tampoco ayudaron a su defensa, pero miraban hacia otro lado, ojeaban su teléfono móvil, esperaban su turno a la consulta como si no estuviera ocurriendo nada allí mismo. Insisto en esa violencia consentida.

Con seguridad, dentro de unos años, cualquiera se atreverá a detener estas terribles escenas, y esos padres frenaran sus impulsos violentos en público e incluso, espero, en su propio hogar. Todavía arrastramos la educación autoritaria que veníamos padeciendo de nuestra infancia y de la infancia de nuestros padres, y todavía se sigue escuchando la misma respuesta “siempre se ha hecho así y no hemos salido tan mal”. Permítanme que lo dude. Las consultas de psicólogos y psiquiatras están repletas de aquellos niños que no pudieron superar esos miedos, que no supieron gestionar esas carencias emocionales. Multitud de estudios demuestran las repercusiones negativas a corto y largo plazo de estas actitudes. Ya no hay excusa, la información está ahí. La autoridad no es forma de educar. Sin embargo, igualmente negativa es la educación permisiva, sin límites. Los niños necesitan límites para no convertirse en personas dependientes e inseguras, no podemos ofrecerles todo lo que se les antoja ni dejar que impongan sus normas, pero somos los adultos quienes debemos marcar la forma, respetando a esas pequeñas personitas que serán reflejo de nuestra forma de actuar más que de nuestro discurso.

Igualmente, hay que reconocer que en esto de la educación, por muy bien que se pretendan hacer las cosas, también interviene el factor “azar”, que está relacionado con la propia naturaleza del niño y con las circunstancias que le rodean ajenas al entorno familiar. Pero que no quede por nosotros, porque la información está ahí, al alcance de cualquiera que sienta que hay algo que no está haciendo bien. Seamos coherentes y no exijamos a los niños un comportamiento de calma y armonía que no encuentran de ejemplo en adultos.

¿Por qué no adelantar ese momento en que la violencia hacía los pequeños ya no pueda ser consentida? ¿Por qué no ayudar a esos padres a entender que no es la forma correcta y que no tienen el derecho de maltratar las emociones de sus hijos ni de golpearles? ¿Por qué no ayudar a los pequeños a crecer en un mundo en el que los adultos son personas que nos explican cómo se deben hacer las cosas desde el amor, la empatía y el ejemplo? No dejemos que pase otro medio siglo. No dejemos que sean los medios de comunicación los que empiecen a decirnos lo que ya sabemos que no está bien. El abuso es abuso hacía cualquier individuo, ya sea hombre, mujer, niño, niña… No hay excusa para tolerarlo. Lancemos pues un nuevo lema de tolerancia cero hacia la educación autoritaria y violenta. Por ellos, por los más vulnerables, por niños cuyos únicos defensores y protectores se convierten en su mayor miedo. Si empezáramos desde ya este gran cambio que se está produciendo a pequeños niveles, la sociedad del futuro de nuestros hijos no estaría tan enferma ni corrompida como lo está ahora. No, no está bien porque siempre se ha hecho así. Ni se estaba haciendo bien con esas mujeres hace medio siglo, ni lo estamos haciendo bien ahora con los más pequeños de la casa.